Es viernes por la tarde, en mi ciudad seguimos en cuarentena así que no tengo planes, y hago lo que a menudo me saca del aburrimiento: abro Tinder y empiezo a deslizar, con un promedio aproximado de 1 like por cada 30 perfiles que descarto a la izquierda. Aún no he calculado con qué frecuencia un swipe a la derecha me lleva a un match y eso a su vez a una conversación interesante ni mucho menos cuántas de esas resultan en una cita efectiva, pero es posible que algún día me anime a hacer ese ejercicio matemático.
Tengo 40 años, me he separado de mi única relación larga hace 5, y me resulta fascinante haber vivido la evolución del ‘dating’ más vertiginosa que ha tenido lugar en el mundo que conocemos. En 4 lustros hemos pasado – y por hemos me refiero a la sociedad contemporánea – de conocer gente y emparejarnos con aquellos que conocíamos en el vecindario, en la escuela, la Universidad o el trabajo, a ser capaces de establecer relaciones con personas al otro lado del mundo.
No es que hacer conexiones románticas gracias a la tecnología sea reciente, para nada, la verdad es que está entre nosotros desde 1965, cuando un estudiante fundó Operation Match en la Universidad de Harvard. Era entonces un servicio orientado a “hacer el amor más eficiente” cruzando intereses entre perfiles gracias a una computadora IBM, según propuso su creador Jeff Tarr.

Luego, con la explosión de internet, apareció Match.com en 1995, la primera puntocom que lograba, como su nombre lo indica, “coincidencias” entre perfiles personales. Y de ahí en adelante, fueron aparecieron los chats públicos en los que ocasionalmente dos desconocidos coincidían, conversaban y acababan encontrándose en algún sitio del mundo offline.
Ya en 2013, cuando vimos Her de Spike Jonze lo presentimos: llegará el momento en el que nos enamoraremos de una voz que nos habla desde un dispositivo tecnológico. Ese mismo año, justo con el éxito de la película protagonizada por Joaquin Phoenix, nacía una primera versión disponible para todos los smartphones de Tinder, la marca más famosa globalmente en este segmento.
Pero 2020 marcó un hito para el mundo entero; fue el año en el que, gracias al Covid-19, más solteros del mundo – y muchos emparejados insatisfechos- se vieron obligados a buscar el romance, o el sexo según sea la preferencia del consumidor, a través de una pantalla desde el sofá de sus casas y no en un bar, en un afteroffice o en un evento musical o deportivo. Las cifras lo prueban: la compañía Match Group, hoy dueña de Tinder entre otras marcas, ha visto crecer como nunca antes su revenue y sus acciones en la bolsa, y un 16% de crecimiento global en tan sólo los 6 primeros meses de la pandemia.

Aún coexisten los escépticos con los sorprendidos por el amor en línea (aunque estos segundos hagan bastante menos ruido que los primeros). Se cree que cerca del 30% de los adultos heterosexuales en Estados Unidos han usado apps de dating, y el porcentaje aumenta de forma inversamente proporcional con la edad. Entre las parejas del mismo género el porcentaje se duplica: más de 60% conocen a sus potenciales compañeros a través de sus dispositivos electrónicos.
Así que no extraña que haya cada vez más apps de ligue y más especializadas: para adolescentes, para Universitarios, entre practicantes del judaísmo o exclusivas para musulmanes, para conectar a la gente según su geolocalización más inmediata , para quienes están buscando hacer realidad la fantasía de tener un trío o se les da el poliamor o para quienes prefieren una relación con parejas considerablemente mayores.
Aún así, en 2021 existe el Tinder-shaming, la práctica de avergonzar a alguien por poner sus ilusiones en las citas virtuales. Muchas personas solteras que conozco se cuestionan si su futuro amoroso estará en las redes o apps, mientras para otras no muy lejos, es su presente: se empatan, se casan o empiezan una vida con esa persona a la que le dijeron por primera vez “Hola, ¿qué tal?” tras leer su biografía en la pantalla de su smartphone.
La pregunta, creo yo, no es si las apps son el presente o el futuro de las relaciones, tampoco creo que sea una cuestión de matemáticas y probabilidades; más bien, podríamos poner nuestros esfuerzos en seguir conectando desde lo más simple y básico, gracias a la tecnología o a pesar de ella. Y la pandemia, no ha hecho más que darnos una nueva oportunidad de poner esa capacidad a prueba.
Les confieso, este artículo llega un poco a destiempo porque mi intención era publicarlo en Febrero, a tono con el mood del mes en que celebramos San Valentín. Pero la verdad, estaba recuperándome de mi último despecho con un Tinder-love. Ya he renacido y vuelvo a las andanzas, pero no tengo ni siquiera que vestirme para ello o salir de casa: solo abro la app y deslizo una vez más.